Reflexión en torno al paciente terminal

Por: Carla Flórez Ruíz

En el escrito anterior hablé de la conciencia de muerte y del sentimiento inconciente de inmortalidad como dos vertientes psíquicas que acompañan a todo ser humano; en unos primando la primera sobre la segunda, y en otros al contrario, pero como si funcionaran en cierto equilibrio. Propuse entonces que era interesante mirar que pasaba con estas dos vertientes en casos extremos en los que una de ellas parece reinar totalmente sobre la otra: en la depresión, la anorexia, la euforia, el suicidio, la enfermedad Terminal…

Aquí he decidido ocuparme de lo que pasa en el enfermo terminal con relación a la conciencia de muerte y al sentimiento inconciente de inmortalidad, los cuales se exteriorizan de diferentes formas, tanto en aquellos sujetos que ante su enfermedad deciden luchar y aferrarse a un tratamiento y a una posibilidad de cura, como en los que deciden esperar la muerte sin hacer nada para impedir que la enfermedad actúe o para retardar la llegada de la muerte.

Esto partiendo de la idea de que estas dos vertientes subyacen a muchos de los comportamientos y pensamientos que he identificado en el enfermo terminal por medio de los textos y lo hablado en el curso, lo cual sería mucho más rico si se viviera directamente en la experiencia clínica, donde seguramente se podrán demostrar y/o objetar algunas de las hipótesis que aquí esbozaré.

 Desde que un sujeto recibe el diagnóstico de una enfermedad incurable su reacción es de sorpresa, ¿Por qué a mí? Como si por alguna razón especial él no pudiera sufrir una enfermedad de este tipo, como si él no fuera uno más de los mortales. Aquí lo que opera psíquicamente es el sentimiento inconciente de inmortalidad, el cual hace que el sujeto no conciba la posibilidad de su propia muerte y que ante esta noticia se enfrente con algo irrepresentable que le produce un corte determinante en lo que hasta ese momento había sido su vida.

Algunas personas deciden no trascender de este punto, sumergiéndose  en una negación que actúa como defensa, se dedican entonces a alimentar el sentimiento inconciente de inmortalidad, recurren a diversos tratamientos con la firme esperanza de curarse o ponen en los médicos o en Dios poderes milagrosos que los salvarán. Es una negación que va incluso contra la evidencia de la enfermedad en el cuerpo, la cual hace que éste cada vez esté más deteriorado, más inservible, más cerca de la muerte que de la vida. También se va contra la evidencia científica de la enfermedad y de los intentos de los médicos y de la familia de hacer que el paciente acepte la realidad de su estado. Es la forma que el paciente encuentra de defenderse de “eso” que es para él tan insoportable y le produce tanto sufrimiento y angustia.

Otros pacientes, aunque al escuchar el diagnóstico se hayan sorprendido, terminan por aceptarlo por lo menos intelectualmente ya que las marcas en el cuerpo se vuelven innegables y anuncian la presencia de una enfermedad incurable que está llevando irremediablemente a la muerte. En estos pacientes la evidencia científica se hace indudable, confían en las palabreas de los médicos aunque no sean muy alentadoras. Prima aquí entonces la conciencia de muerte, pero ésta no debe confundirse con una aceptación de la muerte como tal, sino como un saber racional de que la muerte se está aproximando, pero sólo hasta el ultimo momento se sabrá cual será la reacción del sujeto frente a ella, si en realidad esta preparado para aceptarla serenamente, lo cual no parece ser muy posible porque aunque la razón sepa de la muerte, el inconciente no tiene la forma de representarla y cuando esta se hace evidente se produce en el sujeto una herida narcisista o yoica, una indignación, una humillación, pues contrario a lo que se cree y desea, si se es mortal.

Las reacciones frente al tratamiento también hablan de la vertiente psíquica que predomina en el sujeto o si ambas están en relativo equilibrio.

Aquellos pacientes que se aferran al tratamiento, no como una forma de aliviar algunos síntomas y mejorar la calidad de vida, sino como una posibilidad de curación, aunque hicieron una aceptación racional de su enfermedad para acceder a tratarse, están actuando bajo el dominio del sentimiento inconciente de inmortalidad y se someten a cualquier tipo de prácticas y tratamientos alternativos que prometen la salvación y la perpetuación de la vida. Entonces cualquier mejoría que sientan a nivel físico es interpretada como un indicio de recuperación y al estar más lejos del dolor y el sufrimiento de la enfermedad arraigan su ilusión de poder salvarse, lo cual no puede durar mucho por la agresividad de las enfermedades mortales como el cáncer.

Otros, aquellos que hacen una aceptación un poco más que racional de su enfermedad y la incurabilidad de ésta -como dice Alizade, un saber corporizado, hecho carne, saber de un cuerpo que será despojo, de un tiempo finito- toman el tratamiento como lo que es en realidad: una forma de hacer menos doloroso su camino hacia la muerte y se someten a este sin esperanza de salvación, o sin que ésta sea tan evidente, pues como mencioné anteriormente es muy difícil para el sujeto concebir su propia muerte tranquilamente y aceptar que indudablemente morirá.

Más enigmático es el funcionamiento psíquico de aquellos que rechazan el tratamiento, no porque hagan una negación de la enfermedad, sino porque deciden enfrentarse desarmados a la enfermedad, sin luchar contra ella con medicamentos o cualquier tipo de intervenciones medicas. Es como si esas personas alcanzaran tal aceptación de su muerte que deciden incluso entregarse a ella por medio de la enfermedad, que ésta actúe de forma natural así eso implique que la muerte llegue más rápido.

Estas personas, que a mi parecer pueden ser pocas, han alcanzado tanta serenidad y satisfacción en la vida, que se posicionan frente a la muerte del mismo modo, son sujetos que han logrado ceder un poco en su narcisismo y que talvez han logrado dejar huella de alguna forma en la vida y así sienten que ante su muerte no desaparecerán definitivamente o que su vida no pasó en vano, lo cual es, finalmente, una forma de inmortalizarse, pues la muerte definitiva es el olvido.

Esto es lo que nos hace pensar que una persona muere como vivió y por lo tanto, si aun está inconforme con su vida, si siente que tiene mucho por hacer o que no vivió como quería, tampoco consentirá fácilmente la idea de que su muerte esté cerca, todavía no hay lugar para ello en una vida incompleta e insatisfactoria.

Ya cuando la persona se encuentra en la fase terminal, donde la muerte es cada vez más evidente, es donde pienso que puede verse con mayor claridad la posición que el sujeto ha tomado frente a su muerte, si ha logrado una aceptación más allá de la razón, o si sigue haciendo una negación, que en este caso puede manifestarse en las creencias religiosas acerca de la posibilidad de reencarnación, o la existencia del paraíso, o de la inmortalidad del alma…. Posibilidades todas que apuntan una esperanza de inmortalidad.

También, en el silencio del moribundo puede verse la negación, cuando para él la muerte se vuelve innombrable aunque sea muy evidente que esté cerca. Este “no decir” se vuelve entonces una manifestación del “no querer saber” que a estas alturas de la enfermedad puede entenderse también como un “no querer sentir”, pues en ese momento la  presencia de la muerte puede ya sentirse en el cuerpo. Estas personas no sólo rechazan saber de su muerte, tampoco quieren vivirla.

Diferente es para el moribundo que se atreve a hablar de la proximidad de su muerte, tanto con los médicos como con la familia, este poder decir constituye cierto alivio, pues eso desconocido puede nombrarse, lo que talvez ayude a disminuir el temor y el sufrimiento que suscita. Otra forma de manifestar la conciencia de la proximidad de la muerte es cuando el moribundo de atreve a dejar todos sus asuntos arreglados, lo cual muestra que sabe que la muerte está ya muy cerca y que él la está viviendo día a día como único fin.

Vemos entonces que en el enfermo terminal pueden operar conjuntamente la conciencia de muerte y el sentimiento inconciente de inmortalidad, y que en algunos casos prima el primero sobre el segundo, pero que al parecer siempre está el sentimiento de inmortalidad reinando, no sólo en el enfermo terminal sino en todo ser humano, y es únicamente en los últimos momentos de la vida de cada cual donde podrá verse cómo reaccionáremos a nuestra posibilidad de morir. Por lo tanto, no pueden generalizarse respuestas para los sujetos ante la muerte ya que éstas son de carácter puramente subjetivo y, como dije antes, están directamente relacionadas a la forma como vivió el sujeto, ya que si le dio un sentido a su vida, posiblemente podrá darle uno a su muerte.

 

Ensayo presentado para el curso “Clínica con la muerte y el morir”.

Universidad de Antioquia.

Medellín, 2007

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