La sombra en el papel

Mario Alberto Ruiz Osorio

Este capítulo hace parte de la tesis de especialización en psicología clínica con énfasis en salud mental. El título general del trabajo fue: La sombra de la muerte, y este capítulo inicial: La sombra en el papel.


CAPÍTULO I

 

Todo comienza cuando un sujeto es notificado por un agente médico, de que la enfermedad que padece no tiene otra posibilidad de tratamiento que no sea la de controlar los síntomas que, inevitablemente, se agudizarán con el transcurrir del tiempo.  El enfermo ingresa de este modo en la fase terminal por una enfermedad mortal.  Este es el preámbulo o contexto que permite ingresar en la comprensión de la investigación desarrollada.  

 

 LA SOMBRA EN EL PAPEL

 

“La cruz de la vida es la muerte” anotaba alguna vez en consulta una mujer, fervorosamente religiosa, luego de haber recibido la noticia de que el tratamiento de su enfermedad maligna ya no le ofrecía  garantías de poder seguir viviendo.  Una evidencia que a la luz de un examen mas amplio deja como resultado el hecho de que la muerte es la eterna huella que marca un destino inexorable para el viviente humano.

 

Evidencia ineludible que el sujeto nombra con una pasmosa resignación, con expresiones estereotipadas que intentan taponar la perturbación anímica, la angustia que genera el pensarse como ser mortal.  Una frase de uso corriente como “Todos nos vamos a morir” o “Nacimos para morir” enuncia la imposibilidad de pensar la muerte como acto singular, que atañe a UN sujeto; la nominación en plural hace las veces de un bálsamo revitalizador que le proporciona una suerte de alivio a su fantasía inconsciente de inmortalidad.   La negación de la propia muerte, nos dice Freud [1], es uno de los mecanismos psíquicos que emplea el sujeto para defenderse de la idea de tener que abandonar el mundo de los vivos.

 

Somos los únicos seres, entre los vivientes, que nos asombramos ante la muerte por la in-certeza de su presencia.  Este hecho hace que el vínculo que el sujeto establece con el in-eludible final sea el de la impavidez por esta suerte de destino.  La muerte en el medio natural, en ausencia de lenguaje, no hace huella, es exacta, perfecta, limpia al decir de Shopenhauer:

 

 Fijaos en el insecto que va por vuestro camino; el menor extravío involuntario de vuestro pie decide de su vida o de su muerte.  Ved el animal de los bosques, desprovisto de todo medio de huir, defenderse, engañar, ocultarse, presa expuesta al primero que llegue; ved el pez como juega en la red aún abierta; la rana a quien su lentitud impide huir y, salvarse(...)Todas esas víctimas débiles, inertes, imprudentes, vagan en medio de ignorados riesgos que a cada instante las amenazan [2].

 

En contraposición a la manera como opera la muerte en el medio natural, la ligazón simbólica que caracteriza la relación del hombre con la realidad lo confina a esa eterna posibilidad de pensarse como pasajero mortal de la vida. No obstante se vive a pesar de ese riesgo inminente y se hace precisamente porque ese dato inequívoco de la determinación natural es escamoteado a nivel psíquico como la más increíble de las verdades; de otro modo, cómo podríamos comprender los incesantes y manifiestos desafíos a la muerte que emprenden los sujetos en el curso de su existencia y que no son otra cosa que su desmentida, la exacta impresión de un ser inflamado de inmortalidad que niega la desaparición.

 

En lo inconsciente cada uno está convencido de su propia inmortalidad nos dice Freud [3] y ello incita a sostener la idea de que aun cuando a nivel consciente deambule la idea de que el desenlace final de toda vida es la muerte, la manera como el sujeto se desenvuelve en su existencia, haciéndole el quite, es prueba fehaciente de que en lo psíquico, el pensar la muerte propia es improbable. Basta pensar en la serie de actos mortíferos que el sujeto, en procura de placer, efectúa con el garante de “eso no me va a pasar a mi”.

 

Esta defensa no está sostenida solamente por la estructuración del aparato psíquico, la relación con la muerte a través de la historia ha ido modificándose con la evolución humana, a tal punto que hoy la negación de ésta, está reforzada por el portentoso avance de la ciencia que, soportada en los artificios técnicos, ha logrado aplazar su llegada; por el creciente universo del consumo que promueve la idea de encontrar felicidad en esta tierra plagada de  favores. Los efectos del progreso contemporáneo se proyectan en la vida anímica inconsciente como promesa de eternidad.

 

El siglo de la lucidez científica se las ha ingeniado para hacer de la muerte desmentida el escenario de los artificios farmacológicos, quirúrgicos, esotéricos, etc. y con ello la enmascarada fabulación de corregir un error natural perpetuado hasta este presente infinito.

 

No es nada extraño que en una época como la nuestra, cuya particularidad es la circulación desmedida de la información, proliferen en un asombroso incremento estudios teóricos, entre otros muchos, éste, que intentan comprender la injerencia de la muerte en la experiencia subjetiva y sus estragos en la convivencia social; como corolario de este afán intelectual hemos visto edificar desde la Thanatología: el estudio histórico científico de la muerte, hasta recetas caseras para aderezar con dignidad el último momento de la vida.

 

Y no es extraño, precisamente, porque allí donde la ciencia aparece haciendo semblante de asegurar la perduración de la vida, surjan corrientes academicistas cuya fundamentación epistemológica degenera en una educación para la muerte. La esperanza y el reclamo del ser sufriente de hoy, es el de aprender a aceptar, realmente, que ha de morir, a pesar de la promesa siempre fallida de la ciencia.

 

¿Qué digo? ¿Educación para la muerte?  En la experiencia clínica con pacientes diagnosticados en fase terminal por Cáncer  encontramos seres cuya demanda es un remedio para manejar la enfermedad de la vida cuando se ha sido sentenciado a muerte, por la ciencia. Buscan aprender a dominar los innumerables espectros de la muerte próxima que aprisionan los sentidos y  que les condena a la soledad de su pensamiento. 

 

Sara una joven mujer se presenta a consulta en silla de ruedas, completamente demacrada, débil, reflejando en su rostro una profunda aflicción y, en su cuerpo, las secuelas de la desmedida evolución de su enfermedad mortal; acompañada por su madre, que igualmente refleja su propia congoja, Sara acude al psicólogo por encargo médico, la razón: su continua pensadera "el doctor me mantiene embobada con pastillas para que me relajen y deje de pensar en tanta cosa...  No hago sino pensar en esta tragedia que Dios me envió, pero está muy duro; por favor dígame cómo hago para sacarme de la cabeza todas esas ideas sucias que tengo";  igualmente la madre refuerza este pedido: "ay, si doctor ayúdele a mi muchacha a que salga de esa pensadera que tiene, dígame que le hago para que se alivie de eso".  Y obviamente, a este tipo de pedidos, se produce cualquier cantidad de respuestas hoy, en la época del "todo es posible", pues de esto se alimentan un número considerable de prácticas sanitarias, esotéricas, parapsicológicas, religiosas, etc. cuyo propósito final es ofertar medidas, estrategias, recetas, rituales, para envolatar la vida mientras llega a su final.

 

Al volver la mirada sobre la forma cómo tradicionalmente, el ser humano, es educado para encarar la vida, aparece bosquejada una vía para intentar comprender la procedencia de las terapéuticas modernas para ayudar a morir con dignidad, preparándose para la muerte.  Ambas, la Educación tradicional y las terapéuticas modernas, se afirman en la consideración de que la vida es un valor absoluto, un bien que se encomienda a los sujetos con el debido refuerzo de velar por preservarla, aun cuando no sean sus dueños, pues según las creencias religiosas la vida pertenece a otro que nos la otorgó y que es quien decide cuando acabarla.  Todos los esfuerzos del proyecto cultural se orientan a la promoción de una vida refrendada en el bienestar, la salud, aun las mas descabelladas estrategias de modelamiento educativo, como el maltrato físico, se ejecutan en nombre de corregir aquello que atenta contra ese supremo bien.

 

De igual manera las medidas sanadoras del sufrimiento que se proponen para el tratamiento de la enfermedad son agresivas, algunas "repugnantes", así lo refiere Inés, una mujer enferma por Cáncer de Cervix, quien desesperada por calmar un dolor recto-vaginal y curarse de su "mal" se sometió a un tratamiento con caldos de Gallinazo, "a mi me dijeron que eso es lo que está curando a la gente y yo me lo voy a hacer aunque sea una cochinada".  

 

Desde la mas temprana infancia el sujeto es familiarizado con la idea de que la vida cobra sentido toda vez que éste se afane en procura de un perpetuo bienestar.  Vida = Salud, es una de las operaciones psíquicas resultantes del proceso de socialización al que es sometido el ser humano, el fundamento de esta equivalencia es la evitación, a toda costa, de aquello que pueda degenerar en sufrimiento.  La vida señalada de este modo se convierte en el escenario de una frenética lucha por excluir el dolor, aun cuando la gran mayoría de fuentes para generar placer, conduzcan inevitablemente a él, dejando al sujeto en una especie de estupor por su existencia dolida.

 

En la práctica clínica de la Psicología se encuentran abundantes evidencias acerca de las funestas consecuencias que, sobre la dinámica psíquica, proyectan las situaciones en las que se busca la tan anhelada y prometida sensación de completud.  Un ejemplo fidedigno de esta búsqueda se encuentra en el uso y abuso de las drogas, el alcohol, el tabaco, etc.   La re-construcción de una historia personal, en el accionar clínico, devela las enmarañadas argucias de que se vale un sujeto para desatender a las repetidas manifestaciones y expresiones de su condición de desvalimiento ante una adversidad catastrófica.

 

La investigación en el campo de la experiencia subjetiva sobre el impacto de las circunstancias vitales en el accionar psíquico, ha de estar apuntalada no sólo en la consideración de las influencias culturales en la constitución del yo, sino, fundamentalmente, en los modos como cada sujeto se posiciona frente a ellas. Si bien los procesos de evangelización cultural intentan promover una determinada relación con la vida, el producto siempre será un sujeto que, de algún modo, proyecta una particularidad narcisista que singulariza su apuesta en el vivir.

 

Cada situación amenazante para el sujeto, por ínfima que sea, tiene una repercusión proporcional al sentido que ésta cobra en el tejido de su historia singular; en este punto es preciso decir que, aún cuando, la interpretación de los datos recogidos en esta investigación, hagan aparecer la experiencia de estar enfrentado a la muerte inminente, como la más fuerte de las conmociones psíquicas, no es posible soslayar el hecho de que aun otras situaciones potenciadoras de dolor y sufrimiento sean, para cada uno, las sacudidas más atroces para el alma.  Los tormentos de la vida subjetiva, la vida del alma que se aprisiona, se regocija y sufre, sólo pueden ser comprendidos en los, en apariencia, apretados marcos de cada realidad psíquica.  De esta particularidad subjetiva nos informa el trabajo con el sujeto en la consulta psicológica, ese espacio propuesto  para la reivindicación del uno por uno.

 

Lo que introduce un diagnóstico de muerte inminente en la vida subjetiva, es que aquello que apenas era una remota posibilidad se aligera en un movimiento vertiginoso que aturde el ritmo del vivir y lo condiciona a la espera vana, a la ilusión confusa, a la esperanza de “un milagro”.  El enfermo, volcado sobre sí mismo, ha de vérselas con una verdad que confirma la existencia de una enfermedad que evoluciona a expensas de su vitalidad debilitada y angostada por un pensamiento único y obsesivo:  la muerte; tal era la experiencia de Iván Ilich, personaje del cuento de León Tolstoi, quien después de comprender el avanzado proceso de su enfermedad se abrazó a la muerte como su única fiel compañera, él “...se retiraba a su gabinete de trabajo y permanecía nuevamente con ELLA.  A solas con ELLA, nada en contra de ELLA podía hacer...  Nada, sino mirarla y horrorizarse" [4].  La muerte, otrora esquivada por el pensamiento se posesiona ahora altiva e imperante anunciando una agonía a cuentagotas, matizada por réplicas sucesivas de una angustia desesperanzadora que concentra toda la energía psíquica vital en ese encuentro aterrador, tan próximo con el final de su todo; al respecto Norbert Elias enfatiza "ya no es posible ignorar el hecho de que no es en realidad la muerte en sí lo que suscita temor y espanto, sino la idea anticipatoria de la muerte"  [5].

 

Desde una perspectiva conceptual definiré la fase terminal como aquel momento de la existencia en que un sujeto se ve confrontado a la inminencia de su desaparición por un hecho irremediable; la muerte es lo que sigue, esa es la sentencia de la fracasada ciencia. La evitación de la muerte se vuelve inevitable; el enfermo terminal está condenado a registrar en su pensamiento una idea fija que pone a circular su existencia alrededor de ELLA.  Abismándose en la alteración de su accionar psíquico,  al no encontrar palabras que nombren esa su tragedia del “cuerpo por Cárcel” S.  Habla Iván Ilich “...pero no se trata del ciego, ni del riñón; se trata de la vida... y de la muerte.  ¡Si, hay una vida, y he aquí que se va y que no la puedo detener!  Si ¿Porqué me engaño? ¿Acaso no es evidente para todo el mundo, excepto para mi que yo me muero? Ya no se trata sino del número de semanas, de días...”  [6].

 

La confirmación de una muerte anticipada, para el caso de los afectados de Cáncer, es vivenciada  por muchos enfermos moribundosy, como una afrenta a su yo soberbio, henchido de inmortalidad; el mundo interno se transforma en razón de un acontecimiento cercano inexpresable; una realidad ensombrecida por el imaginario de una muerte tormentosa que corroe el alma y la obliga a ser observadora participante de la agonía de la propia  existencia.

 

Sea cual sea la circunstancia que propicie la certificación de un diagnóstico de muerte inminente, son los artificios de la técnica médica los que aclaran a través de pruebas, exámenes, la presencia inconfundible de la enfermedad mortal alojada en el organismo.  Los resultados de dichas pruebas son el testimonio de que una vida afectada por la enfermedad comienza a declinar y a vivenciar un proceso que, duradero o corto, involucra toda la dinámica subjetiva.  Ese real en que se constituye la prueba diagnóstica, aparece como un límite en el que la vida y la muerte intercambian sus atributos y sus máscaras.

   

¡Saber que se va a morir!  Ese es el mayor suplicio a nivel consciente, cuando se certifica a través de una prueba diagnóstica la sentencia de que la muerte está encarnada en el organismo, en una enfermedad maligna.  Avisado de su situación el sujeto comienza a vivir su propia experiencia de ir muriendo, "De entrada se puede enunciar: hora de morir, hora difícil, hora de duelo, de angustia, de cerrar balance, de herida narcisista, hora de reflexión"" [7].               

 



[1] FREUD, Sigmund.   Nuestra actitud ante la muerte,  Tomo XIV.   Buenos Aires: Amorrortú, 1978.

p. 290. 

[2] SHOPENHAUER, Arthur.   El amor, las mujeres y la muerte.  Medellín: Bedout, 1991. p. 56.

[3] FREUD,  Op. cit.,  p. 290

[4] TOLSTOI, León.  La muerte de Iván Ilich.   Medellín: Bedout, 1983. p. 48

[5] ELIAS, Norbert.  La soledad de los moribundos.  México: Fondo de Cultura Económica, 1987. p.57

 

y        Los límites en los cuales está inscrita la presente investigación se contextualizan en la experiencia de la fase terminal por enfermedad mortal, específicamente por Cáncer; existen otras situaciones vitales que conducen al sujeto a vivenciar una fase terminal, la causa no es ya su vulnerabilidad orgánica, sino su conducta social, es decir, sujetos que por su accionar violento contra los otros son condenados a pena de muerte. Nótese como en dicha situación aparece, igualmente, la muerte inminente orientando el padecimiento subjetivo, un final fechado, la certeza absoluta de morir; un cuerpo intacto en espera de cumplir su citación a morir.  Al  respecto existe la versión de una película cinematográfica, titulada “Morir Viviendo”  del Director Tim Robins, en la cual se proyecta la experiencia de un condenado a muerte.   

[6] TOLSTOI,  Op. cit., p.43

y En adelante se trabajará con el concepto de Moribundo a cambio de lo que la Medicina llama: Paciente Terminal.  Usualmente moribundo es aplicado a aquel que ya se encuentra al borde de la muerte, en agonía.  Moribundo, en este trabajo, significa: enfermo que está enfrentado a la inminencia de su muerte a causa de una enfermedad mortal; moribundo habla, entonces, más de una experiencia del acontecer psíquico.

[7] ALIZADE, Alcira Mariam.  Trabajando con pacientes a la hora de morir.   En: Revista de Psicoanálisis.  Argentina.  Vol.49 N° 5/6 (1992); p. 932 

 

Comments