El efecto Pinocho


Por: Mario Alberto Ruiz Osorio      

Nada es mas asombroso para el hombre que la pregunta por lo que en sí mismo es su ser, ¿será acaso que somos movidos por hilos invisibles que nos mecen como marionetas en la infinitud del tiempo? ¿será que nuestro ser obedece al designio de un destino que irremediablemente habremos de cumplir? ¿será que nuestro ser es como una roca informe que pulimos con nuestros deseos, con nuestros sueños, nuestros anhelos, es decir, con nuestras búsquedas?

 

Encontrar una respuesta a esta pregunta esencial es un proceso arduo, cuando el propio sujeto que se interroga decide vivir de espaldas a lo que en sí mismo constituye su verdad mas íntima. Lo cierto del asunto es que cada hombre contiene dentro de sí una respuesta a la pregunta por aquello que cualifica y da sentido a su ser y su existencia, pero sucede que no todo hombre esta dispuesto a enfrentar esa costosa y dolorosa verdad por la sencilla razón de no enfrentar las trampas que se ha tendido o en que ha desfallecido, para desconocerse.

 

Una pregunta como la precedente nos coloca de inmediato ante otra de mayor envergadura, ¿es que acaso hemos elegido ser lo que somos? Respuesta aun mas difícil, pues la mayoría de los seres humanos nos satisfacemos bien pronto con respuestas comunes y engañosas que no hablan de una verdad propia, sino de un sentido común a todos: “yo soy así porque tuve una infancia traumática” “Yo quiero esto porque esta de moda” “yo estudio esto porque es lo que está dando plata”. Conclusiones repetitivas que al parecer operan como paños de agua tibia que humedecen la vida proporcionando cierta sensación ilusoria de frescura. Pero la verdad es otra: siempre elegimos ser lo que somos, por mas que existan situaciones que consideramos como marcas, como leyes, los seres humanos tenemos la posibilidad de asumir una posición frente a eso que se propone o nos sucede, es decir, siempre habremos de elegir.

 

Pensemos por ejemplo en nuestra época actual y la manera cómo los hombres y mujeres de hoy estamos siendo invitados – y además partícipes- a realizar un proyecto de vida que implique el menor esfuerzo, pensar menos y actuar más, acumular bienes materiales mas que templanza de espíritu, embotarnos en el puro placer de lo inmediato sin tomarnos el debido tiempo de esperar una satisfacción que sea producto de una búsqueda serena, trabajar y estudiar para ser reconocidos socialmente sin hacer de estos menesteres un campo pródigo para reconocernos, ante todo, a nosotros mismos... El mundo que ahora se nos ofrece se presenta como un afrodisíaco paraíso que garantizará el anhelo humano de encontrar la plenitud de su ser: la felicidad. Muchos son los que cegados por la trampa de la época del consumo dejan modelar su ser acudiendo a tientas a sus designios y sus afanes.

 

Mal haríamos en negar el hecho de que el progreso humano se ha extendido de tal modo que hoy podemos disponer de una serie de posibilidades técnicas y tecnológicas que facilitan la relación con el mundo –por lo menos en un nivel instrumental, práctico- y que en apariencia nos libran de las bregas de una vida empeñada en el esfuerzo de constituirse y construirse a través del trabajo permanente. Heidegger nos advertía en sus obras que no siempre el camino mas corto para comprender lo que somos es el más fácil, el ser precisa de un tiempo propio que, la mas de las veces, solo se alcanza por el camino mas largo. Es evidente que los logros de la ciencia, en todos sus campos, ha generado grandes beneficios para todos en el sentido de procurarnos mayor confort, comodidad y alivio para algunos sufrimientos que en otros momentos de la historia fueron el azote de la humanidad. Hoy pareciese que pudiésemos vivir por mas años, curarnos mas pronto de enfermedades terribles, saber más acerca de todo, obtener más rentabilidad de la vida, reconocer nuestro pasado... y sin embargo cuando uno ve mas de cerca la realidad se entera bien pronto que hay algo de ilusión y de perdida, en ésta, nuestra época de la abundancia.

Hemos ganado por ejemplo la posibilidad de obtener, rápidamente, mucha y mas variada información sobre las cosas del mundo; los sentidos a modo de una enciclopedia se enriquecen con toda la basura disponible en folleticos, manuales, fotocopias de textos mutilados, Internet... que nos anotician de un mundo hecho pedazos, fragmentado en todos sus flancos, visto solo por el rabillo de un ojo cegado por el afán de asomarse al conocimiento con la velocidad de un compilador de palabras muertas, mal interpretadas, distorsionadas o amañadas para el gusto del consumidor. Hemos ido perdiendo el placer de leer de primera mano, con el asombro propio de quien se asoma inocente al mágico cascabel de las palabras que danzan misteriosas en las páginas de los libros; nos hemos ido conformando con saber de todo un poco, olvidando que el trabajo del pensamiento requiere de una digestión mas pausada, mas liviana de modo que los artificios del lenguaje se revelen de a poco en su dimensión significante y no a través de una multiplicidad de iconos e imágenes que falsean la realidad, deformando su esencia.

 

Disponemos hoy de un arsenal de medidas profilácticas y estéticas para maquillar los desastres de una anatomía deforme que no encaja en los requerimientos de belleza exigidos por la época de la eterna juventud y el culto  esclavizante al cuerpo. Hemos ido perdiendo la capacidad de embellecer el alma con la luminosidad propia del encuentro con las palabras, con esa búsqueda cautelosa que proporciona al ser una armonía genuina y sin adornos exteriores.

 

Hemos ido estrechando nuestros vínculos con aparatos estridentes, cercenado nuestros oídos con microaparaticos que nos aíslan del mundo, fijado nuestros ojos en pantallas coloridas que nos arroban en un entusiasmo vicioso, viscoso, reproductor en serie de una realidad imaginaria; hemos permitido que el tiempo mas intimo, el de la conversación con nosotros mismos y con el otro, se disuelva ante la urgencia de estar siempre disponibles. Mudamos las palabras por los ruidos, la conversación plena por la palabrería escasa de profundidad, el reconfortante placer de sentirnos muy próximos por la presencia anónima de los encuentros ciberespaciales. Hemos ido perdiendo el poder del acercamiento entre semejantes, aquellos que son nuestros jueces e interlocutores, a través de quienes el ser se confía y se muestra en su precaria desnudez; aturdidos de tecnología sólo nos queda celebrar en la gran feria de los antifaces.

 

Nos hemos ido perdiendo en la sosera, el tedio, la banalidad y, así, medio adormecidos medio a ciegas andamos a tientas por el mundo como aquel gran personaje de Cien años de soledad, Ursula Iguarán, que hizo creer a todos, hasta su muerte, que veía, aun cuando su mirada estaba sepultada, hacía un buen tiempo, entre las sombras de la oscuridad. Retomando a Heidegger, en su texto “Serenidad” nos hace un llamado sobre el hecho de que no podemos excluir de nuestra existencia el  progreso técnico hasta hoy alcanzado, sólo que la relación con estos objetos de la ciencia debe ser mediada por un uso adecuado de éstos sin permitir que se conviertan en accesorios indispensables de nuestro ser, para lograrlo es necesario, mediante una actitud serena, mantenerlos en el lugar de objetos que les corresponde y no perder nuestra capacidad de asombrarnos, sosteniendo una apertura hacia los misterios del mundo.

 

Hoy en este espacio que se nos ofrece para la reflexión, valdría la pena entonces volver la mirada sobre las razones que nos mueven a ser lo que somos; a qué lado del abismo esta esperando nuestro ser: ¿buscando confirmarse, arriesgándose a fracasar una y otra vez hasta sostenerse erguido mirando de frente su propia sombra? o ¿aguarda silencioso que una sombra oscura venga a proyectarse sobre sí velándole el acceso a su despliegue?

 

No nos mueven hilos invisibles, no hay un destino trazado que irremediablemente se cumplirá: la vida es una invitación, un llamado que brota del ser mismo y al que se acude con dedicación, compromiso, esfuerzo, responsabilidad, en pocas palabras con la fuerza de un deseo que en su movimiento vital aspire siempre a materializarse, un deseo que emparente aquello que he elegido Ser con un hacer que le sea consecuente.

 

Dejo a las palabras lúcidas de Hegel el encargo de cerrar, abriendo, éste mi aporte: “... que el espíritu se conozca a sí mismo, que se haga objeto para sí mismo, que se encuentre, devenga para sí mismo, que confluya consigo mismo (...) Sólo de este modo alcanza el espíritu su libertad; pues sólo es libre lo que no se refiere a otra cosa ni depende de ella. Sólo así surge la verdadera propiedad, la convicción verdaderamente propia; en todo lo que no sea el pensamiento no conquista el espíritu esta libertad...”