Conciencia de muerte y sentimiento de inmortalidad

Por:  Carla Flórez Ruíz

Ser racional le ha permitido al hombre, entre otras cosas, tener conciencia de muerte, es decir, saber que se va a morir, que su vida tiene un fin.

Este acontecimiento se vuelve innegable para él (desde el intelecto), ya que ver morir a sus semejantes se convierte en un evidencia de su propia muerte; observa en la historia, a través de escritos e imágenes, que sus antepasados también morían; en la naturaleza percibe también la inminencia de lo perecedero; y además, experimenta en su propio cuerpo el dolor, la enfermedad, el sufrimiento y la vejez que, como metáforas de la muerte, le están recordando constantemente su deterioro físico, su fin, su propia mortalidad.

Esta característica (saberse mortal) le ha permitido al hombre situarse frente a la vida en una posición diferente de la de los demás seres vivientes, pues saber que ésta es de carácter finito, lo ha movido a construir un sentido de ella, es decir, hacer algo para que cobre un significado más allá del de la transitoriedad.

Ese sentido que se construye de la vida es diferente en cada sujeto, ya que ella en si misma no tiene uno, pero tal vez pueda generalizarse que ese sentido que se crea, apunta a inmortalizar algo del ser, ya sea por medio de una obra artística, una teoría, una familia, un invento, un saber….

Esto debido a que, aunque el hombre sea conciente de su mortalidad, y acepte esta condición desde su razón, hace también una negación de ella y sueña con la inmortalidad, lo cual es un sentimiento inconciente, que se manifiesta de diversas formas.

A través de la historia observamos en algunas creencias religiosas y culturales, que el hombre se posicionaba frente a la muerte con mucha seguridad y valentía, en muchos casos, en sacrificio por otros, pero detrás de ese heroico acto, se encontraba siempre una consoladora promesa: encontrar vida después de la muerte, trascender o encarnar en otro estado, la muerte es sólo física, el alma sigue viviendo…. En todos los casos, promesas de inmortalidad, que ofrecían una vida mejor, sin sufrimiento, y por lo tanto hacían que el hombre, que en ese entonces era un creyente apasionado, atenuara su miedo a morir, a lo desconocido de la muerte y se enfrentara a ella con valor.

En la actualidad ese sentimiento de inmortalidad se manifiesta con otro tipo de prácticas, las cuales prometen una vida mejor, sin sufrimiento e infinita, no después de la muerte, sino en esta vida, aquí y ahora. Vemos entonces como la ciencia y la tecnología prometen la inmortalidad por medio de clones, cirugías, drogas y todo tipo de intervenciones que apuntan cada vez más a la perpetuación de la juventud, la belleza, la salud y la vida misma. Pero no debe pensarse que son ellas las que sumergen al hombre en una negación de la muerte, con las ofertas que le hacen, pues éstas responden a unas demandas, y es que la negación de la muerte, el sentimiento inconciente de inmortalidad, es propio del ser humano y es él mismo el que se ha encargado de crear y consumir todo tipo de pociones para poder vivir como su inconciente los desea, como un inmortal.

Cada vez se inventan deportes más extremos, más arriesgados, que ponen en peligro total la vida, y funcionan entonces como un claro desafío a la muerte, y si se sale victorioso, se arraiga esa omnipotencia, ese “soy inmortal”. Igualmente se abusa de sustancias que se sabe que son letales, a corto o largo plazo (alcohol, cigarrillo, marihuana, sustancias psicoactivas altamente toxicas…), pero aun así, se las consume excesivamente, a veces como un estilo de vida, con la plena certeza de que no causan ningún daño, o por lo menos no a uno mismo.

Aquí, la muerte del otro no opera para el sujeto como una evidencia de su propia muerte, sino como una rectificación de su inmortalidad; todos mueren y él sigue siendo inmortal, o como dice Alizade: “uno morirá no es nunca uno mismo, o en el mejor de los casos, es uno inmensamente diferido en el tiempo”.[1] Entonces la muerte ajena, a nivel inconciente, no se torna como un suceso de tristeza e inminencia de la propia muerte, sino de alegría, pues una vez más no fue uno mismo quien murió, se sigue siendo inmortal.

También se nota esa vida de inmortal que lleva el ser humano en su aplazamiento de todo, proyectos, deseos, dejando tareas para el más allá[2], como si contara con un tiempo infinito para realizar todo lo que quiera, no se apresura porque “siempre habrá otro día”.

Además de la desmentida de la muerte que hace el sujeto, como garante a su inmortalidad, tampoco quiere saber nada de todo aquello que se la recuerde, luchando por transformarlo o excluyéndolo de su vida, me refiero a la vejez, al dolor, a la enfermedad y al sufrimiento, que son

“marcas en el cuerpo”[3] que evidencian que vivimos muriendo.

 

Con todo esto se vislumbra el carácter ambivalente del hombre ante la muerte, por un lado saber de esta le permite, como dije antes, construir un sentido de vida, además de apreciarla más por su duración limitada y disfrutar de su belleza y la de todo lo que la rodea, que por ser transitorio aumenta su valor[4]. Y por otro lado la niega totalmente, y en su lugar pone la inmortalidad, la cual lo alivia del terror que le produce pensar en su propia muerte y lo lleva a vivir realmente como inmortal.

 

Estas dos vertientes acompañan a todo sujeto, en la mayoría primando el sentimiento de inmortalidad sobre la conciencia de muerte, lo cual los hace egoístas y omnipotentes y por lo tanto apunta a la destrucción, tanto de ellos mismos como de los otros. En unos pocos prevaleciendo la conciencia de muerte, la cual los hace producir, construir y recrear la vida para si mismos y, ya despojados de tanto egoísmo, para los demás. Pero siempre presentes ambas, como si, de alguna forma, una le pusiera límite a la otra y finalmente formaran un equilibrio.

En este sentido, vale la pena preguntarse que ocurre en casos extremos en que los sujetos parecen estar regidos completamente por una de estas dos dimensiones, por ejemplo, la anorexia, la euforia, la melancolía (depresión), e el paciente con una enfermedad muy grave que se aferra fervorosamente a la vida, o aquel que decide radicalmente no vivir: el suicida.


Ensayo presentado para el curso “Clínica con la muerte y el morir”.

Universidad de Antioquia.

Medellín, 2007

 

 


[1] ALIZADE, Alcira M. “Clínica con la muerte”. Amorrortu. Buenos Aires. 1995.

[2] RAMIREZ, Mario Elkin. “Aporías de la cultura contemporánea”. Editorial U de A. Medellín. 2000.

[3] ALIZADE, Alcira M. “Clínica con la muerte”. Amorrortu. Buenos Aires. 1995.

[4] FREUD, Sigmund. “La transitoriedad”. En: Obras Completas. Tomo XIV. Amorrortu. Argentina. 1979. 

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